• José M. Caballero

¿Por qué nos gusta un paisaje?

Creo que es difícil encontrar a alguien que no haya disfrutado nunca con la contemplación de un paisaje. De hecho, el título ya asume que nos gustan los paisajes, algunos al menos. Sí, hay discrepancias, a distintas personas les pueden gustar distintos paisajes, hay una gran variedad donde escoger. Pero todos hemos sentido agrado, incluso emoción, al contemplar determinados paisajes.


¿Qué es un paisaje?

El término paisaje tiene varias acepciones; intentaremos acercarnos a él desde la ecología o la geografía, o mejor desde la parcela común a ambas. Para hablar de paisaje, debe haber un territorio y también un observador. Un paisaje es un territorio observado, percibido y comprendido, al menos parcialmente.

Además, y relacionándolo con la ecología, un paisaje no es un ecosistema. Según muchos ecólogos, los ecosistemas no tienen límites definidos, pero, en general, cuando se quiere estudiar un ecosistema, se busca un territorio homogéneo en muchos aspectos. En cambio, la heterogeneidad es un rasgo propio de la mayoría de los paisajes; en un territorio extenso lo habitual es encontrar distintos tipos de ecosistemas. Hay autores que definen paisaje como un conjunto de ecosistemas relacionados.


Paisajes cambiantes

Puesto que tengo que intentar dar alguna respuesta, siquiera tentativa, a la pregunta de partida, empezaré diciendo que, en muchas ocasiones, lo que nos gusta es, más que el paisaje en sí, el aspecto que presenta en un momento, o en un determinado periodo de tiempo. Por ejemplo, un amanecer, o un atardecer, o tras una nevada, o en ciertos días del otoño (Figs. 1 y 2).

Sin embargo, aunque sea una observación pertinente, no podemos conformarnos con decir que el paisaje es una entidad continuamente cambiante, y que en determinadas fases de ese cambio nos atrae especialmente. De hecho, podríamos preguntarnos por qué nos gusta determinado aspecto de un paisaje. Pero sigamos indagando en la cuestión inicial con otras perspectivas, considerando ahora el estudio del paisaje.

Fig. 1. El aspecto de un paisaje en un momento concreto o en determinada época puede ser especialmente atractivo. Izquierda: Atardecer en la bahía de Mazarrón, desde los montes próximos a La Azohía. Derecha: Cercanías de Villaverde del Guadalimar (Albacete), en otoño y con nubes bajas.

Fig. 2. El paisaje cambiante. Arriba: la ciudad de Valladolid, a orillas del Pisuerga. Las dos fotos se tomaron a finales de diciembre de distintos años, pero la de la derecha fue en un día especialmente frío, con niebla y escarcha. Abajo: la cumbre de Los Obispos (Moratalla, Murcia). La foto de la izquierda se tomó en junio, la de la derecha en enero, después de una nevada.


El paisaje como objeto de estudio

Al observar los paisajes reconocemos diversos elementos o componentes que los configuran (Fig. 3): las rocas y el suelo, el relieve, el agua, la vegetación, los animales, la atmósfera, los elementos humanos como construcciones y cultivos,... El paisaje se nos presenta así como un punto de encuentro entre varios campos del saber científico y técnico: de él se han ocupado, por ejemplo, la geología, la botánica o la climatología, aunque las que lo han hecho de modo más integral han sido la geografía y la ecología. Algunos saberes tecnológicos, como la arquitectura o la ingeniería, se han preocupado incluso por diseñar paisajes.

Fig. 3. La cuenca de Campillo de Adentro (Cartagena, Murcia) es una cubeta rodeada de montañas. En la imagen se pueden ver algunos componentes del paisaje. Otros, aunque estén presentes, no aparecen en ella; por ejemplo, los animales o el agua. Esta última estaría representada por una red de ramblas y ramblizos que desemboca en la Azohía, saliendo por la parte derecha de la imagen. Evidentemente, durante buena parte del año el agua es sobre todo subterránea.


Naturalmente, la perspectiva desde la que se estudia un paisaje también influye en la atracción que este ejerce. No nos extraña que un geólogo encuentre especialmente agradables paisajes en los que destacan las rocas y las estructuras tectónicas (Fig. 4), o que un botánico aprecie los paisajes donde el mayor protagonismo lo tienen las plantas (Fig. 4). Es comprensible que un arquitecto se sienta particularmente atraído por paisajes urbanos (Fig. 5).

Fig. 4. En ocasiones, un componente predomina en el paisaje. Izquierda: Alrededores de Aliaga (Teruel), “paisaje de geólogos”. En él las rocas y sus deformaciones tienen un protagonismo importante. Derecha: La Dehesa de Camarate, en las cercanías de Lugros (Granada); en este paisaje la vegetación es uno de los componentes más manifiestos.


El zoólogo aquí tiene menos que decir; en muchos paisajes parece que los animales son actores secundarios, huyen del protagonismo y se dejan ver poco. Pero esto no sucede en sitios como las sabanas africanas, donde los animales forman una parte sustancial del paisaje (Fig. 5). Y si aceptamos que para observar un paisaje no sólo cuenta lo visual, sino también otras percepciones sensoriales, los animales, particularmente aves e insectos, cobran mayor importancia.

Fig. 5. Izquierda: Un paisaje donde predominan los elementos humanos, “paisaje de arquitectos”: Lisboa desde el mirador da Senhora do Monte. Derecha: En una visión general de un paisaje, los animales no suelen ser elementos destacados que se perciban fácilmente; sin embargo, en las sabanas africanas los grandes mamíferos imprimen carácter al paisaje. En la imagen, gacelas de Thompson y cebras en Masai Mara (Kenia).



Por lo dicho, sostengo que en el gusto por un paisaje influyen los componentes, el predominio de alguno o el equilibrio entre ellos. Determinadas personas, en relación con su actividad científica (o profesional en términos generales, o con sus aficiones), pueden interesarse más por un componente del paisaje, y hallar más atractivos los paisajes en los que predomina ese componente. Otras personas preferirán el equilibrio, y se recrearán en mayor grado con los paisajes en los que distintos componentes (rocas, vegetación, agua, elementos humanos) están bien repartidos.

Vemos entonces que el paisaje es algo profundamente vinculado al hombre, mas no sólo como objeto de estudio científico. Otro territorio que podemos explorar buscando los motivos de que nos gusten los paisajes es el de las relaciones de estos con las artes.


Arte y paisaje

Diversas artes se han ocupado del paisaje: inspirándose en él, tratando de describirlo, evocarlo transmitir el sentimiento que despierta o recrearlo. Siendo nuestra percepción del paisaje principalmente visual (aunque no exclusivamente), el paisaje está profundamente arraigado en un arte tan alejada de lo visual como la música. Muchos compositores han tratado de “pintar”, o al menos de evocar paisajes con la música, y la música referida a un paisaje puede contribuir a que nos guste más ese tipo de paisaje, aunque no voy a ahondar en esto.

Otras artes describen o representan el paisaje de manera más directa, como la literatura. Por poner un solo ejemplo, escritores de la generación del 98, como Azorín y Unamuno, describen y valoran los paisajes castellanos, antes menospreciados, con sus llanuras amplias y horizontes limpios (Fig. 6). Existen muchísimas referencias al paisaje en novelas, en poesía, y asimismo en otros géneros literarios. Y podemos vincular esas referencias con los paisajes que las suscitan, o incluso con otros, lo que aumenta nuestra satisfacción al mirar el paisaje, y me atrevo a decir que despierta emociones.

Fig. 6. Los escritores de la generación del 98 apreciaron los paisajes castellanos, con sus amplias llanuras, en los que el horizonte se percibe en todo el campo de visión. Alrededores de Urueña (Valladolid) en un día de lluvia.


¡Qué decir de la importancia del paisaje en artes más modernas, como la fotografía o el cine! Hay gente que se ha enamorado de los paisajes de sabana viendo “Memorias de África”. También de la taiga siberiana, o de los espacios interminables, suavemente ondulados, de Mongolia, con las imágenes de películas como “Dersu Uzala (el cazador)” o “Urga, el territorio del amor”.

Cómo podría olvidarme de la pintura. Se plasman paisajes en innumerables cuadros. A veces, como fondo de figuras. Otras muchas veces, como objeto principal, o único, de la obra; tenemos algunos ejemplos en la Fig. 7. Y los dos cuadros de Friedrich representados me llevan a pensar que hay distintos tipos de gusto por el paisaje. Hay paisajes que admiramos, vemos como grandiosos o espectaculares, sintiendo incluso temor reverencial ante ellos: paisaje de cumbres de alta montaña, algunos desiertos, cataratas,... Y también hay paisajes que nos atraen para integrarnos en ellos, para formar parte de ellos o vivir.

Fig. 7. Muchos pintores se han ocupado de la representación de paisajes; aquí va una mínima muestra. Arriba, izquierda: “Cazadores en la nieve”, de Pieter Brueghel el Viejo (1565). Aunque predominan los elementos humanos, este cuadro se podría haber utilizado para ilustrar los distintos componentes del paisaje: vegetación, agua, rocas y relieve, animales,… Arriba, derecha: “Paisaje con una casa en la arboleda”, de Jakob van Ruisdael (1646). Abajo, dos cuadros de uno de los más grandes paisajistas, Caspar David Friedrich: “Arrecife rocoso en la orilla del mar” (c. 1824) y “El verano” (1807).


Y para terminar estas alusiones a la pintura, quiero recordar a un pintor de la tierra (en ambos sentidos), Manuel Avellaneda. Al apreciar sus cuadros de paisajes murcianos descarnados, de vegetación rala y mucho suelo descubierto, podemos llegar a sentir una atracción plena por esos mismos paisajes (Fig. 8).

Fig. 8. El pintor ciezano Manuel Avellaneda (1938-2003) plasmó en sus cuadros numerosos paisajes de Murcia, quizá con especial predilección por aquellos de zonas abarrancadas o “badlands”: terrenos margosos con profundas excavaciones (cárcavas y barrancos) producidas por aguas de arroyada. Izquierda: “Baños de Mula”. Derecha: “Tierras margas”.


He mencionado música, literatura, pintura… No voy a considerar aquí la relación de la arquitectura con el paisaje, aunque habría mucho que decir. Termino este paseo por las artes con una pequeña reflexión. Cuando un artista representa un paisaje, puede pulirlo, transformarlo más o menos profundamente. Pero, para hacer eso, primero hay que apreciar su valor y su belleza, o al menos la posibilidad de obtener a partir de él algo bello. Está claro que se puede apreciar la belleza de un paisaje, se pueden contemplar los paisajes –y no sólo los cuadros de paisajes– como obras de arte. ¿Pero puede haber obra de arte sin artista que la cree? No; mas no olvidemos que para hablar de paisaje necesitamos un observador que interprete y comprenda, al menos parcialmente, un territorio. Y quizá el primer gesto de artista es ser capaz de percibir la belleza en algo que está ahí.


Consideraciones finales

Recapitulando un poco, he expuesto varios motivos, que no son los únicos, por los que nos puede gustar un paisaje:

- En primer lugar, porque los paisajes cambian de aspecto continuamente, y esos contrastes nos llaman la atención, o la apariencia que un paisaje toma en determinados momentos o época puede fascinarnos.

- En segundo lugar, un paisaje nos puede gustar porque nos interesa como objeto de estudio. El interés, ya sea por dedicación profesional o por afición, conduce al aprecio y a la valoración, incluso en el plano estético.

- En tercer lugar, un paisaje nos puede resultar atractivo porque lo relacionamos con una música, con un poema, con una novela, con una película, con un cuadro... Es la vinculación del paisaje con el arte.


Dos observaciones para terminar.

- Además de relacionar el paisaje con experiencias artísticas, como la visión de un cuadro, o una audición musical, también podemos vincularlo a vivencias o experiencias de muchas otras clases. Por ejemplo, recuerdos de la juventud o de la niñez, un determinado sentimiento o estado de ánimo... Y esas experiencias, o sus recuerdos, pueden llevarnos a sentir atracción o apego por determinados paisajes, incluso emoción al verlos. Podríamos preguntarnos si otras experiencias nos llevan a sentir rechazo o hasta repulsión por algunos paisajes.

- Por último, antes he dicho que el paisaje en sí mismo puede tener belleza; que un observador, ante un paisaje, puede percibir esa belleza, incluso sin que le surjan vinculaciones con ciencias, artes o diferentes experiencias. Tengo la impresión de que en eso hay un componente instintivo o casi instintivo, que viene de nuestros ancestros. Creo que la percepción de la belleza se ha desarrollado en la evolución porque pudo ser un rasgo adaptativo, ventajoso para la supervivencia. Imagino a los pequeños grupos humanos, hace decenas de miles de años, desplazándose en un territorio muy amplio, buscando una zona adecuada para sobrevivir durante un tiempo. Y, en esas condiciones, percibir la belleza puede ser una ventaja evolutiva si conduce a la elección de un territorio adecuado. Pero también compartir la percepción y contemplación de la belleza genera vínculos sociales importantes. Además, sentir la belleza, disfrutando de ella, aumenta las ganas de vivir.


Calblanque (Cartagena, Murcia) desde la cumbre del Cabezo del Horno